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44,1 - Oración

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44.- Orar es hablar con Dios, nuestro Padre celestial, para adorarle, alabarle, darle gracias y pedirle toda clase de bienes.

44,1. Orar es hablar con Dios para manifestarle nuestro amor, tributarle el honor que se merece, agradecerle sus beneficios, ofrecerle nuestros trabajos y sufrimientos, pedirle consejo, confiarle las personas que amamos, los asuntos que nos preocupan y desahogarnos con él.

Habla a Dios con sencillez y naturalidad.
Háblale con tus propias palabras.
Se puede orar con fórmulas ya hechas, o espontáneas.
Y también repitiendo siempre la misma frase.

Para hablar con Dios no es necesario pronunciar palabras materialmente. Se puede hablar también sólo con el corazón.

La oración no se aprende. Sale sola. Lo mismo que no se aprende a reír o a llorar.

La oración sale espontáneamente del corazón que ama a Dios.

La oración debe hacerse con atención, reverencia, humildad, confianza, fervor, perseverancia y resignación con lo que Dios quiera. Hacerla con fe muy firme de que si conviene, Dios concederá lo que pedimos; pero no podemos anteponer nuestra voluntad a la de Dios. Además de irreverente y absurdo, sería completamente inútil y estéril.

Es necesario orar, y orar a menudo, porque Dios así lo manda: "Pedid y recibiréis" (537) y "es necesario orar siempre y no desfallecer" (538) ; pero además porque ordinariamente Dios no concede las gracias espirituales y materiales si no se las pedimos.

Ojalá te acostumbraras a tener tus ratos de charla con Nuestro Señor en el sagrario!

Por lo menos, no dejes de rezar todos los días las oraciones que te pongo en los Apéndices.

Pero te advierto que la oración bien hecha no es la recitación de plegarias que se repiten distraídamente sólo con los labios. La verdadera oración pone siempre en movimiento el corazón.

Dice Santa Teresa que orar es un trato amoroso con Dios No pedimos para obligar a Dios que cambie sus planes, lo cual es imposible. Ni para informarle de lo que necesitamos, pues él ya lo sabe. Ni para convencerle para que nos ayude, pues lo desea más que nosotros mismos. Pedimos porque él quiere que lo hagamos para colaborar con él en lo que quiere concedernos.

"Dios ha determinado concedernos algunas cosas a condición de que se las pidamos bien, o sea, vinculándolas a nuestra oración.

Pero si no las pedimos, nos quedaremos sin ellas. No se trata de que Dios cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que él ha señalado para concedernos tales gracias" (539).

La doctrina católica enseña:

a) que para salvarnos nos es necesario orar;
b) que sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin pecado;
c) que, aun para muchas cosas humanas, es muy necesario o conveniente la oración;
d) que si oramos frecuentemente pidiendo a Dios nuestra salvación, nos salvaremos seguro. Dice San Pablo que con la oración se pueden vencer todas las tentaciones (540).

Si pedimos bien una cosa necesaria para nuestra salvación, la eficacia es segura (541).

Si pedimos la salvación de otro, la eficacia depende de la libre voluntad del otro; pero nuestra oración le conseguirá gracias de Dios para facilitar que él se incline hacia el bien.

Pero no sólo pedir. También hay que alabar y adorar a Dios.

Más vale rezar poco y bien que mucho y mal.

Si por dedicarte a largos rezos vas a hacerlos de forma distraída y rutinaria, más vale que reces la mitad o la cuarta parte; pero concentrándote y pensando lo que haces.

Glorificas más a Dios y enriqueces más tu alma con un acto intenso de fervor que con mil remisos, superficiales y rutinarios .

Todos deberíamos dedicar algún momento del día a hacer actos internos de amor de Dios.

En estos breves instantes se puede merecer más que en el resto de la jornada diaria.

El momento más oportuno para hacerlos es después de comulgar, y al acostarse.

Hay que pedirle a Dios la gracia eficaz para hacer con mucho fervor estos actos de amor.

Por otra parte, el buen hijo nunca se avergüenza de su padre, y Dios es mi Padre y Creador. Ningún padre es tan padre como el que es Padre-Creador de sus hijos.

Es una ingratitud regatear a Dios las manifestaciones de amor y reverencia. Solía decir el emperador Carlos V : Nunca es el hombre más grande que cuando está de rodillas delante de Dios. Los animales nunca rezan.


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